Asilados y auxiliados
Pepe Becerra
Uno de los recuerdos, que ahora reverdezco por mor por de este paro desenfrenado que nos azota y que a tantas familias está sumergiendo en la sinrazón de no poder llegar a fin de mes y padecer de carencias elementales, es el de los asilados (“asilaos”) y auxiliados (“auxiliaos”). No por lejano pierde contornos reales en mi mente. En las tierras más al sur del sur, en los años oscuros y siniestros de la posguerra, recuerdo como en Benaoján, a un tiro de piedra de Ronda, no llegaba el Auxilio Social organizado por el régimen franquista, o llegaba tarde y mal, se dio con una crudeza lacerante la figura del “asilao”. Cuando nadie podía encontrar trabajo y por ende subsistir, el malhadado sindicato vertical imperante creó, sin embargo, por fortuna para quienes se acogieron a ella, una medida que mitigó en parte la hambruna omnipresente. Un obrero en paro sin recurso alguno, se enviaba cada día a una casa diferente del pueblo para que fuese acogido por una familia de entre las pocas que sí podían pagarle un sueldo. El “asilao”, si había faenas que hacer – cortar leña, barrer el gallinero, encalar la fachada... – se ponía manos a la obra, si no esperaba pacientemente sentado el final del día para cobrar la soldada.
Los “auxiliaos” eran los que una vez a la semana se acercaban en vergonzante procesión a la casa de una de las familias acomodadas de la vecindad en la que se repartía un plato de lentejas y un bollo de pan. La bulla que se organizaba en la puerta de la familia benefactora de gente cuyo rostro delataba junto a la necesidad acuciante el rubor de tener que recurrir al socorro ajeno era la estampa más nítida de una población silenciosa y sufriente protagonizando una circunstancia infame que ya se creía superada.
Ahora vemos que no. Unicaja, Banco Sol y agrupaciones empresariales varias acaban de poner en circulación los cheques menús en Andalucía. Una feliz iniciativa que no merece sino el aplauso general. Quienes lo recibirán padecen una situación que no dista mucho por lo desesperada de aquella turbamulta de los años 40 que recibía su plato gratuito de lentejas reconfortante. Por lo menos ahora no tendrán que pasar por la vergüenza de ser tomados por pedigüeños. Sólo falta que se rescate la antigua iniciativa del “asilao”. Seguro que muchos de nuestros hogares se acogerían a la medida y se mostrarían gustosos de dar asilo por un día a un desheredado sin trabajo de los muchos que hoy pululan por calles de pueblos y ciudades o esperan, no se sabe si con el crujir de dientes, al sol.


