La bulla.
Desde que era pequeño, siempre he sabido adaptarme a la cultura de la bulla. En Sevilla tenemos que saber convivir con ella. Podemos definirla como una aglomeración de personas en torno a un hecho concreto, por ejemplo a las cofradías en Semana Santa. Todo sevillano que se precie sabe que debe evitarla como sea, pero que tiene que saber adaptarse a una bulla que le sobrevenga en cualquier momento. Si alguien ha visitado esta bellísima ciudad en la Semana Grande, se habrá visto dentro de ella y habrá comprobado que la gente no se pone nerviosa, todo lo contrario, se deja llevar hasta que sabiamente se va uno acercando al fin y encuentra un respiro para abandonarla. Aquí no vale ponerse nervioso, ni intentar abandonarla por la fuerza, ni empujar, ni mucho menos utilizar los codos. Me acuerdo todavía de la famosa madrugá cuando una maniobra, perfectamente organizada, trató de reventarla y casi lo logra. De todas formas, el pueblo sevillano, dio una lección importantísima al no dejarse amedrentar y excepto pequeños altercados, muy localizados, siguió todo como si no hubiera pasado nada. Todavía estamos esperando una explicación más o menos lógica de nuestras queridas autoridades de lo que pudo pasar aquella noche porque no han dicho ni pío. Me acuerdo de varias bullas en las que me he visto envuelto desde pequeño y algunas anécdotas sobre todo con gente que no está acostumbrada a estos menesteres, pues la gente que viene de fuera no tiene bien asumido como se debe comportar ante una situación de estas. Recuerdo una mañana cuando era pequeño, tendría seis o siete años cuando iba con mis padres, y esperando a la Macarena que volviera del Hospital de la Cinco Llagas, cuando estábamos en plena bulla, de pronto escuché un comentario de una persona próxima a mí que se dirigía a mi padre y le dijo: “Oiga, el niño está creciendo por momentos” y mi padre muy serio, me miró, se dirigió al hombre y contestó: “ Más bien diría que está levitando” y era verdad, me encontraba sin tocar con los pies el suelo debido a lo apretaditos que estábamos todos. Otro de los momentos que me acuerdo en la Plaza de San Lorenzo, en el absoluto silencio que se produce a la espera de la salida del Gran Poder, el sonido estridente de una “guantá” de una mujer hacia un hombre que estaba detrás y seguidamente dedicarle la frase siguiente: “Sinvergüenza, que me ha cogido el culo”. En fin, vivencias de mi querida Sevilla.
Joaquín Tomás Fortunati Cendrero


