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La Educación, Tabla de Salvación
Martes, 14/04/2009 - 22:57 -

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En una sociedad desarrollada, las necesidades no son predecibles hasta que no se presentan. En una sociedad hiperdesarrollada, la necesidad no existe y cuando ésta se presenta, suele hacerlo en forma de problema. Como ejemplos orientativos: la necesidad de la droga no existe hasta que no tenemos problemas para conseguirla, al igual que ocurre con la comida o alimento; no existe la necesidad hasta que éstos no se acaban o tenemos problemas para conseguirlos.
En Andalucía, por ende en España, la construcción social llevada a cabo durante los últimos treinta-cuarenta años, la necesidad no ha existido; el grado y ritmo de desarrollo ha sido tal que no nos ha dejado ver o predecir necesidades. Los problemas se iban resolviendo, más o menos bien, según iban llegando (más mal que bien, pero esto es solo un juicio personal).
Nuestro avance, un tanto desorientado y regido por intereses ajenos a la sociedad española como tal, no nos ha dejado tiempo para la meditación. La entrada en una era global de hiperdesarrollo (por muy global que se le llame es totalmente parcial, arbitrario e interesado, por parte de los países mercantilmente dominantes), nos ha hecho care directamente en el problema; sin que la sociedad, de forma mayoritaria, haya sido consciente de que podía predecir, preveer o tener en cuenta determinadas necesidades... La abundancia sólo es explicable si se ha conocido la escasez, pero eso nadie ha sido capaz de verlo.
Algunas cuestiones simples, de la ciudadanía da a pie. La primera, en la última década se ha construido viviendas, sin saber para qué o para quienes se estaban haciendo; solo porque 'había que construir'. La segunda, ¿sabemos realmente por qué tomamos café en el bar y no en nuestras casas? Y la tercera, ¿mandamos a nuestros hijos al colegio para que aprendan o porque no podemos (o no queremos) tenerlos con nosotros a determinadas horas? ¿A qué ritmo estamos viviendo, al que queremos o al que se nos impone? A modo de curiosidad. A mediados del pasado siglo XX, las familias de agricultores andaluces mandaban a sus hijos al colegio al medio día en el verano y por las tardes-noches en el invierno... Y todos, absolutamente todos, entendían que era necesario aprender. Sin embargo, en nuestros días, ¿saben realmente, nuestros niños y jóvenes, para qué van al colegio o al instituto?
Pero claro, esta incertidumbre o desconcierto personal y social, el que ha venido ocurriendo hasta ahora, toca a su fin. A nuestros jóvenes se les viene encima una sociedad fracasada, en la que tendrán que inventar y ensayar su propio modelo; tienen la necesidad de formarse y de construirse un futuro sobre el establecimiento de lo necesario, de lo prioritario o esencial, y no sobre la abundancia. Esta vez el futuro no vendrá dado, sino que tendrán que luchar por él, configurándolo.
Con frecuencia, en la última década, los analistas educativos, pegadogos, psicólogos, profesores y maestros, señalaban la escasa motivación existente en el alumnado, tanto en ellos mismos como de la motivación proveniente de las familias. Es observación es totalmente acertada y muy, muy generalizada: no existía motivación. Pero, ¿es que acaso existía la necesidad? Tampoco.
La necesidad, como motivación personal hacia el trabajo, no se puede crear. Se crea la necesidad de consumo o de evasión, como mecanismo de escape, pero la necesidad de trabajar no se puede inventar; tiene que estar ahí. El trabajo, contra las opiniones doctas en la materia, no es placentero, no puede serlo; pero sí es el instrumento mediante el cual el hombre (joven o adulto) alcanza parte de sus objetivos y éste puede ser remunerado o no.
¿Quién se atreve a decirles a nuestros jóvenes que deben trabajar más y holgazanear menos? Si los adultos hemos sido los pioneros del disfrute evasivo, del escaqueo y de no dar palo al agua.
Hoy, quizás mañana, cualquier padre o madre como yo, podrán decir a sus hijos: 'niño/a, estudia y prepárate para la vida que yo, con llegar al final de mis día más o menos dignamente, ya tengo bastante'. Quizás esta cura de humildad, en la sociedad adulta actual, sea ejemplificadora para los más jóvenes.
La educación y los sistemas de enseñanza van a salir revalorizados tras la actual perdida de identidad social. De momento, y esto es solo una percepción personal, la familia está trasladando un mayor grado de confianza hacia la institución educativa y, de paso, hacia sus profesionales... ¡Ojalá siga así!
Claro que, por su parte, enseñantes e institución deben aprovechar la oportunidad y construir un sistema educativo sólido, basado en el trabajo y en el esfuerzo de los agentes implicados. Con medios, sí, pero con sentido y voluntad de utilidad por parte de todos, también.
Las vergüenzas familiares, políticas y sociales, aquellas cuestiones que pudimos haber solucionado y no pudimos, o no quisimos, ahora estamos a tiempo de enmendarlas. Retomemos la enseñanza, en sus ámbitos educativo y formativo, para nuestros centros y aprovechemos la necesidad familiar existente de 'creer' en nuestro sistema de enseñanza. Para ello, el sistema público deberá retomar algunos errores cometidos y subsanarlos:
- La calidad no son números, sino personas.
- La diversidad no es hacerlos a todos iguales, sino atender a cada uno en función de su necesidad o capacidad.
- Los colegios e institutos no son almacenes o naves de niños y funcionarios, sino centros educativos, dotados de 'vida' y con proyección de futuro.
- El éxito no es llegar a lo más alto, sino conseguir que tu entorno más próximo, aquel con el que estás implicado, funcione.
- Los derechos sólo tienen sentido si van emparentados con obligaciones; todo derecho sin un deber paralelo, pierde contenido, se vacía y confunde al individuo.
- El respeto hacia los demás empieza por el respeto hacia nosotros mismos. La clase gobernante debe de abstenerse de usar las reformas educativas como arma electoral arrojadiza, ante la falta de otras ideas políticas, económicas o sociales.
- La función docente es dignificante, tanto para la humanidad como para el individuo en sí.
Sólo desde la educación es posible configurar una sociedad para el futuro. Una sociedad, que no esté de antemano condenada al fracaso. Una sociedad, basada en el esfuerzo y en la construcción, no en el lucro y la especulación.
Juan Gámez Cobo
Representante Sindical ANPE-Cádiz.


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