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ADIÓS, ROMANA
Lunes, 14/03/2011 - 00:36 -

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Adiós, Romana.

Fue un frío día de febrero, cuando como de costumbre entré en el patio para saludarla, pues últimamente no me venía a recibir como tantas y tantas veces a la cochera. Antes de abrir la puerta del patio sentí como un mal presentimiento que recorrió mi mente y lo quise descartar de inmediato, pero al entrar, la vi tendida en el suelo y cuando me acerqué a ella, pude apreciar que estaba muerta. Mi gatita había muerto, mi Romana se había ido en silencio, sin previo aviso. Tenía trece años, lo cual en gatos es una edad bastante avanzada, trece años de mi vida que he tenido el honor de compartir con ella. Siempre me acordaré que cuando cazaba un ratoncillo o una lagartija, lo traía hasta mí para que lo viera, ya que le encantaba traerme sus trofeos y que le dijera palabras de ánimo, pues de inmediato refregaba todo su cuerpo sobre mis piernas. También me acuerdo que no se amilanaba ante ningún gato o perro y se le ponía el rabo más gordo que el cuerpo entero, jamás vi que retrocediera nunca. Solo las tormentas y los petardos la asustaban. La verdad es que los últimos días la veía bastante rara, como más despegada de mí, tal vez, presentía que su final estaba próximo y era su forma de advertírmelo. Era la única hija de la Susi, una gata blanca, de pelo blanco y largo, cabeza pequeñita y muy sibarita con la comida, su plato principal eran las gambas cocidas, toda una señorita. Pues bien de la primera camada que tuvo, fue Romana. Era mi imagen en Windows Live, la cual mantendré como homenaje hacía ella. Hace aproximadamente un año, con la furia de la gripe porcina, escribí un artículo sobre una imaginaria conversación que mantuve con Romana y Manchita, mis dos gatas entonces y la verdad que los consejos que me dieron fueron a tener en cuenta, pues tenían más razón que un santo. Todo fue un montaje para despistar a la gente y comerciar con las famosas vacunas, que al final no han servido para nada. Toda una maniobra para forrarse unos cuantos, como sucede con la mayoría de los hechos que acontecen en nuestro país. Me acuerdo de cómo la definí en aquel artículo, ella era atigrada, pequeña, valiente, cariñosa, inteligente, responsable, independiente, interesada y un pelín malvada, nunca daba un paso sin medir bien los pros y los contras. Le gustaba casi más la comida del gato de mi vecina Elena, que la suya propia, así que se había convertido en una buena inquilina, sobre todo a la hora de comer. Tenía todo un carácter y nos conocíamos tan bien que solo se venía conmigo cuando su forma de ser se lo permitía, pues cuando estaba de mal humor, no quería entiendas con nadie. A veces le provocaba a sabiendas que me iba a morder, nunca me arañó, pero era tan inteligente que sus bocados jamás me hicieron daño, solo eran de advertencia. Se fue como vivió, por la noche, en silencio, sin molestar a nadie. La verdad es que para mí, ha sido un duro golpe, pues llegar a casa y que no me reciba, me costará mucho trabajo asimilarlo. De todas formas, me reafirmo en una apreciación, que cada vez estoy más de acuerdo con ella: “Mientras más conozco a algunas personas, más quiero a los animales, ellos además de ser mucho más agradecidos, nunca te traicionan”. Adiós, Romana.

Joaquín Tomás Fortunati Cendrero


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