Hambre
Nací en el año 1951 y afortunadamente en mi casa no se pasó hambre, pero no he dejado de oír esa palabra durante los primeros años de mi vida. Los años cuarenta marcaron a nuestros padres y abuelos porque fueron tremendos. Lo malo de una guerra entre hermanos no solo son los años que dura, sino los años posteriores. Con todas las familias destrozadas. Los alimentos de primera necesidad escasean puesto que los campos no han podido sembrarse y hay carencia de todo lo más básico. El estraperlo y el contrabando circulan a sus anchas por toda la nación y hay gente sin escrúpulos que se forran en pocos años sangrando a todos los paisanos. Todo esto viene a colación porque el otro día vi en un supermercado sevillano algo que no había visto nunca, un padre de familia junto con sus tres hijos se prepararon sendos bocadillos de jamón y empezaron a comérselos dentro del centro, naturalmente sin pasar por caja. En esta gran Europa del euro resulta que hemos vuelto a robar por hambre. Después de treinta seis años de democracia, volvemos a ser tan pobres como antes y tendremos más libertad, pero también volvemos a tener más hambre. El paro sigue aumentando a pasos agigantados y el cierre de empresas va creciendo enormemente en los últimos años sin que las autoridades que nos gobiernan pongan remedio a esta sangría que se está produciendo. Tal vez sean varios factores los que se hayan juntado para que esto se haya producido, como puede ser la inmigración tan fuerte y descontrolada que se viene dando en los últimos años. Aquí están entrando multitud de personas de todos sitios de forma incontrolada, casi siempre por medio de pateras y aunque se siembren las aguas de nuestros mares de muertos, el gobierno no pone todos los medios que tiene a su alcance para remediar este importante problema. Todos vemos personas sin papeles deambulando por las calles, pidiendo en los semáforos y malviviendo en unas condiciones pésimas. Cada vez vemos más gente mendigando, explotando de nuevo a los niños para pedir limosnas, rebuscando en los contenedores de basura para encontrar en ella restos de chatarra e incluso he podido ver coger restos de alimentos y comerlos directamente. El hambre es muy mala y cuando el estómago no recibe un día y otro el mínimo alimento necesario para poder vivir, la verdad es que se pasa bastante mal. Esta Europa soñada por todos, resulta que es igual o peor que la que conocíamos de siempre, dos países ricos y avanzados y el resto a la cola de ellos. Todo sigue exactamente igual o peor. Todavía me acuerdo de anoche cuando volvía a casa y en el último semáforo se acercó un joven negro, muy negro, con unos ojazos enormes y golpeando con los nudillos el cristal del coche me dijo: “Por favor, papi, solo diez céntimos para comer. Tengo hambre”.
Joaquín Tomás Fortunati Cendrero


